jueves, 10 de febrero de 2011

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COMENTARIO DE TEXTO

CONSTITUCIÓN DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA promulgada en Madrid el 23 de mayo de 1845

Doña Isabel II

(...) Sabed: Que siendo nuestra voluntad y la de las Cortes del Reino regularizar y poner en consonancia con las necesidades actuales del Estado los antiguos fueros y libertades de estos Reinos, y la intervención que sus Cortes han tenido en todos los tiempos en los negocios graves de la Monarquía (...).

Art. 2 Todos los españoles pueden imprimir y publicar libremente sus ideas sin previa censura, con sujeción a las leyes.

Art. 9 Ningún español puede ser procesado ni sentenciado sino por el Juez o Tribunal competente, en virtud de las leyes anteriores al delito y en la forma en la que éstas prescriban.

Art. 14 El número de senadores es ilimitado y su nombramiento pertenece al Rey.

Art. 26 Las Cortes se reúnen todos los años. Corresponde al Rey convocarlas, suspender y cerrar sus sesiones y disolver el Congreso de los Diputados, pero con la obligación, en este último caso, de convocar otras Cortes y reunirlas dentro de tres meses.

Art. 49 La reina legítima de las Españas es Doña Isabel II de Borbón.

Art. 73 Habrá en los pueblos Alcaldes y Ayuntamientos. Los Ayuntamientos serán nombrados por los vecinos a quienes la ley confiera ese derecho.

El cacique y su poder

El caciquismo sólo es posible en un país de gran propiedad agraria. El cacique es el rico del pueblo, él mismo es terrateniente o representante del terrateniente de alcurnia que reside en la Corte; de él depende que los campesinos trabajen o se mueran de hambre, que los colonos sean expulsados de las tierras o que las puedan cultivar, que el campesino medio pueda obtener un crédito. La Guardia Civil del pueblo está en connivencia con él, el maestro –que vive miserablemente- debe someterse a él, el párroco prefiere por lo común colaborar con él; en una palabra, es el señor omnímodo.

Tuñón de Lara, M. La España del siglo XIX, pp. 44-45

CONSTITUCIÓN DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA de 30 de junio de 1876

Don Alfonso XII

Por la gracia de Dios Rey constitucional de España, a todos lo que la presente vieren y entendieren, Sabed: Que en unión y de acuerdo con las Cortes del Reino actualmente reunidas, hemos venido en decretar y sancionar la siguiente Constitución de la Monarquía Española.

Art. 4 Ningún español podrá ser preso sino en virtud de mandamiento de Juez competente.

Art. 13 Todo español tiene derecho de emitir libremente sus ideas y opiniones, de reunirse pacíficamente, de asociarse para los fines de la vida humana (...).

Art. 18 La potestad de hacer leyes reside en las Cortes con el Rey.

Art. 41 El Rey y cada uno de los Cuerpos colegisladores tienen la iniciativa de las leyes.

Art. 48 La persona del Rey es sagrada e inviolable.

Art. 49 Son responsables los Ministros (...).

Art. 75 Unos mismos códigos regirán en toda la Monarquía, (...). En ellos no se establecerá más que un solo fuero para todos los españoles en los juicios comunes, civiles y criminales.

Oligarquía y caciquismo, según Joaquín Costa

“Oligarcas y caciques constituyen lo que solemos denominar clase directora o gobernante, distribuida o encasillada en “partidos”. Pero aunque se lo llamemos, no lo es; si lo fuese, formaría parte integrante de la Nación, sería orgánica representación de ella, y no es sino un cuerpo extraño, como pudiera serlo una facción de extranjeros apoderados por la fuerza de Ministerios, capitanías, telégrafos, ferrocarriles, baterías y fortalezas para imponer tributos y cobrarlos (...). Si aquellos bandos o facciones hubieran formado parte de la Nación, habrían gobernado para ella, no exclusivamente para sí (...).”

Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo o la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla. Madrid, 1903

Tratado de París (10 de diciembre de 1898)

“(...)

Art. I España renuncia a todo derecho de Soberanía y propiedad sobre Cuba. En atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España, va a ser ocupada por los Estados Unidos, los Estados Unidos mientras dure la ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que por el hecho de ocuparla les impone el Derecho internacional para la protección de vidas y haciendas.

Art. II España cede a los Estados unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones.

Art. III España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido como por las islas Filipinas (...). Los Estados Unidos pagarán a España la suma de 20 millones de dollars dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del presente Tratado”.

La opinión de Ramón y Cajal ante la crisis del 98

“En las discusiones motivadas por los desastres de la guerra funesta e imposible, sostenida por España con los Estados Unidos, se han involucrado tres cuestiones totalmente diversas: la lucha separatista; la intervención de la República americana, y la impericia política, guerrera y administrativa de nuestras clases directoras, a las cuales atribuyen muchos nuestra actual decadencia.

(...)La mayoría del país, todo lo que en él había de sensato, no quiso nunca la guerra con los Estados Unidos. A ella fuimos arrastradas por los indoctos y por los delirantes.

(...) Remedios son: Renunciar para siempre a nuestro matonismo, a nuestra creencia de que somos la nación más guerrera del mundo. Renunciar también a nuestra ilusión de tomar por progreso real lo que no es más que un reflejo de la civilización extranjera; de creer que tenemos estadistas, literatos, científicos y militares, cuando, salvo tal cual excepción, no tenemos más que casi estadistas, casi literatos, casi sabios y casi militares.

La civilización no consiste, como aquí suponen muchos, en adoptar más o menos fielmente los inventos del extranjero, sino en impulsar la ciencia y el arte mediante trabajos absolutamente originales.

(...) Se necesita volver a escribir la Historia de España para limpiarla de todas esas exageraciones con que se agigantan a los ojos del niño el valor y la virtud de su raza. Mala manera de preparar a la juventud al engrandecimiento de su patria, es pintarle ésta como una nación de héroes, de sabios y de artistas insuperables (...).

¿Pero como se logrará la creación en España de ciencia original y de sus fecundas aplicaciones? Apuntaremos tan solo algunas ideas.

Desviar hacia la Instrucción Pública la mayor parte de ese presupuesto, hoy gastado infructuosamente en Guerra y Marina. Con sólo que España entera gastara lo que consagra París a la enseñanza, daríase un gran paso en el camino de nuestra regeneración, pues sabido es que los hombres de ciencia no se producen en gran número, sino en las naciones cuyo nivel medio de instrucción es relativamente elevado, y este nivel sólo se logra obligando, suceda lo que quiera, al egoísmo de los padres a aceptar la enseñanza obligatoria, literaria y científica, en sus grados ínfimos.

(...) Hemos caído ante los Estados Unidos por ignorantes y por débiles. Éramos tan ignorantes, que hasta negábamos su ciencia y su fuerza. Es preciso, pues, regenerarse por el trabajo y por el estudio (...).”

Santiago Ramón y Cajal, El liberal, Madrid, 26 de octubre de 1898

domingo, 6 de febrero de 2011

Bloque 13

13. 1 Transformaciones económicas. Proceso de desamortización y cambios agrarios. Las peculiaridades de la incorporación de España a la revolución industrial. Modernización de las infraestructuras: El impacto del ferrocarril

Paralelamente al discurrir político, en el siglo XIX se produce la sustitución de la economía feudal y de la sociedad estamental por un sistema económico capitalista y una sociedad de clases. La nueva sociedad liberal se define por la propiedad, por eso la mayor parte de los cambios legales que se producen se encaminan a reforzar la plena propiedad privada. En torno a ella se agruparán la alta burguesía y la vieja aristocracia, para formar una nueva clase capitalista, la oligarquía.

Cambios en la propiedad de la tierra: La desamortización

La desamortización de las tierras de la Iglesia y de los concejos fue la medida más importante desde el punto de vista económico y social. Ya en el XVIII, los ilustrados consideraban que la enorme masa de bienes vinculados en manos de los privilegiados era la causa más importante del atraso agrario.

Fue la enorme deuda acumulada la que llevó a la Corona a recurrir a la desamortización. Se trataba de expropiar a quienes tenían bienes vinculados para ponerlos después a la venta y, con el importe, ir eliminando la deuda contraída. El primer decreto desamortizador fue de 1798 y afectó sólo a los bienes de algunas instituciones benéficas de la Iglesia. Después hubo varios intentos, durante la Guerra de Independencia (1808-1814) y en el Trienio liberal (1820-1823), que quedaron frustrados al restablecerse el absolutismo.

A partir de 1833 la desamortización se hizo ineludible. En febrero de 1836 se publicó el decreto de desamortización de los bienes del clero regular, la llamada desamortización de Mendizábal. Aunque al principio sólo afectaba a los conventos, en 1841 se incorporaron las tierras del clero secular, en manos de los obispados. El proceso duró hasta 1845, cuando las ventas fueron detenidas por el gobierno moderado.

Mendizábal quería amortizar la deuda del Estado, pero también convertir las tierras en propiedad privada, sujeta a mercado, y transferirlas a compradores enriquecidos que, a la vez, se verían comprometidos con el bando cristino. Por eso el método de compra que estableció permitía pagar con títulos de deuda, que estaban depreciados en el mercado. Como se admitían por su valor nominal, las compras resultaron una ganga para los especuladores. Además, el tamaño de los lotes y la corrupción en las subastas impidieron a los campesinos comprar propiedades. El resultado fue que una enorme masa de bienes raíces pasó a manos de las clases dirigentes, mientras que sólo se amortizó una parte de la deuda.

En 1855, durante el Bienio Progresista, se aprobó una nueva ley, la llamada desamortización de Madoz. Por ella se pusieron en venta todas las tierras restantes de la Iglesia (rompiendo el Concordato de 1851) y las de propios y baldíos, las tierras de los ayuntamientos. Esta vez el proceso fue mucho más rápido y se amortizó mucha más deuda. Pero, una vez más, las tierras fueron a parar a manos de los inversores y terratenientes, por lo que se aceleró el proceso de concentración de la propiedad agraria en manos de la oligarquía, además de perjudicar a los campesinos que se vieron privados de una fuente de ingresos complementaria.

Otras reformas agrarias que contribuyeron a consolidar el dominio de la oligarquía fueron la transformación de los antiguos señoríos en propiedad privada (en su inmensa mayoría en manos de los señores), la supresión de los diezmos, el libre cercamiento de las tierras y la libre comercialización de los productos agrarios.

Estos cambios no se tradujeron en innovaciones agrícolas, por eso el rendimiento de la tierra no aumentó y sólo se incrementó la producción debido a la puesta en cultivo de nuevas tierras, tras las desamortizaciones.

A mediados de la década de 1870 la economía española presentaba un retraso importante en relación con el crecimiento de otros países europeos, debido a:

1) Las condiciones geográficas dificultaban las comunicaciones, encarecían el transporte e hicieron difícil el desarrollo de un mercado nacional articulado.

2) La escasez y dispersión de materias primas y fuentes de energía.

3) El lento crecimiento demográfico provocó falta de mano de obra industrial, la carencia de excedentes agrícolas y de un mercado interior capaz de absorber la producción de la industria.

4) La falta de capitales impidió la inversión masiva en la modernización de técnicas de producción industrial. El capital español se orientó a la compra de deuda pública o tierras desamortizadas. Sólo en el norte y en Cataluña había un sector emprendedor de la burguesía que invirtió en la industria. Resultado de ello fue la dependencia del capital extranjero, que financiaron la construcción ferroviaria y el despegue siderúrgico, pero que acababan repatriando beneficios a sus países de origen.

5) El papel negativo del estado: con la continua emisión de deuda pública –que atraía a los capitales- y con una política proteccionista que favoreció el inmovilismo y la falta de cambios tecnológicos en el campo y en las fábricas.

6) La independencia de las colonias americanas significó la ausencia de mercados y la pérdida de fuentes de materias primas abundantes y baratas.

Ante el estancamiento agrícola, la producción industrial se mantuvo en niveles muy bajos. Hacia 1830 sólo el sector textil de Barcelona había iniciado su industrialización, comenzando una nueva fase de expansión que se mantuvo hasta 1862. La introducción del vapor y la mecanización permitieron multiplicar las ventas.

La producción siderúrgica se mantuvo muy débil, sobre todo porque faltaba la demanda de maquinaria que hubiera estimulado las inversiones. Además, el carbón español era caro y de baja calidad, y el hierro resultaba caro comparado con el de otros países. Hasta 1860 los hornos andaluces fueron los más importantes. Luego comenzó a crecer la producción en Asturias, gracias al carbón mineral de las minas locales. Sólo a finales de siglo entrarán en competencia los altos hornos vizcaínos.

La minería, estuvo en su mayor parte en manos de capitales extranjeros, a cambio de préstamos a Hacienda. La Ley de Bases sobre Minas (1868) favoreció el auge de la minería, con la ayuda de la venta de explotaciones a manos privadas. Algunos minerales –mercurio, plomo, cobre- registraban producciones importantes y casi el 90% se exportaba a Inglaterra y a Alemania.

Hasta 1855 la debilidad de la economía española y la falta de un marco jurídico estable impidieron la creación de una red ferroviaria. La Ley general de Ferrocarriles (1855) y la Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias (1856) que completó el marco legal, permitieron la formación de tres grandes grupos financiados con capital francés que controlaron y se beneficiaron de la construcción del ferrocarril. Entre 1855 y 1865 se produjo un boom ferroviario, con la construcción de las principales líneas, pero la crisis financiera internacional de 1866 paralizó el crecimiento, que se retomaría después de 1876. Desde este año se duplicó el tendido ferroviario y hubo un notable aumento de viajeros y de volumen de mercancías transportadas. También mejoró la red de carreteras, se extendió el servicio de correos y se difundieron el telégrafo y el teléfono.

El sector financiero tuvo una evolución tardía debido a la inestabilidad política, el caos monetario y la ausencia de legislación hasta 1856, en que la Ley de Sociedades Bancarias dinamiza el sistema y acelera la creación de sociedades. En diez años los bancos por acciones pasaron de 5 a 58.

El comercio interior comenzó su crecimiento a partir de 1840 por la liberalización económica, la construcción de carreteras y la eliminación de aduanas interiores. Menos positiva fue la evolución del comercio exterior, a causa del proteccionismo y de la falta de moneda estable. Desde 1856, con la reducción de aranceles y la construcción del ferrocarril aumentó el tráfico comercial, especialmente las importaciones.

A finales del siglo XIX la economía capitalista estaba asentada en España, pero el crecimiento había sido lento y desigual, concentrado en la periferia industrial catalana, asturiana y vasca y en los medios financieros de Madrid. En el resto de España se mantenía el predominio de la agricultura y el atraso económico.


13. 2 Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España

En España, como en el resto de Europa, se produjo un fuerte crecimiento demográfico durante el XIX, pasando de tener 10,5 millones de habitantes en 1797 a 18,5 en 1900.

El ritmo de crecimiento fue lento hasta 1840, acelerándose a partir de entonces. Sin embargo, la mortalidad se mantuvo por encima de la media europea y la natalidad se mantuvo alta todo el siglo. Datos característicos de un modelo demográfico antiguo, basado en el predominio de la agricultura, en el que las malas cosechas seguían produciendo hambrunas y las epidemias (fiebre amarilla, cólera) y enfermedades endémicas (tuberculosis, viruela...) seguían azotando a una población mal alimentada y con pésimas condiciones sanitarias e higiénicas. Sólo empezó a cambiar la situación en el último cuarto de siglo, empezando a reducirse las tasas de natalidad y mortalidad. Así en 1900 la tasa de mortalidad era del 27% y la tasa de natalidad aún estaba en torno al 35% .

El paso a la economía capitalista supuso un cambio social. La nueva clase dirigente se nutrió de la alta burguesía (comercial, industrial, financiera y agraria) y de la vieja aristocracia terrateniente, que conformaron una oligarquía de propietarios en la cúspide de la sociedad.

Por debajo, una débil clase media rural (labradores propietarios de tierras de mediana extensión) y urbana – más numerosa e influyente- de pequeños comerciantes, funcionarios y rentistas, que luchaba por mantener su posición social diferenciada del proletariado.

La gran mayoría de la población seguía siendo campesina, en su mayor parte jornaleros o pequeños arrendatarios, cuyas condiciones de vida no mejoraron con los cambios. Los bajos salarios, el paro estacional y los efectos de las crisis, con sus secuelas de hambre y enfermedad, se mantuvieron como una amenaza permanente.

El principal cambio social fue la aparición de la clase obrera industrial, aunque la proporción que representa en este periodo es pequeña, sólo significativa en Barcelona y Madrid, donde crecieron barrios obreros carentes de toda asistencia pública o privada, producto de la emigración de miles de trabajadores agrícolas.

En la década de los cuarenta, ante las nefastas condiciones de trabajo y los bajos salarios, surgieron los primeros atisbos de organización mediante la formación de sociedades de ayuda mutua y la difusión de las ideas del socialismo utópico, que comenzarán las reivindicaciones de carácter sindical (salario, horario, seguridad); y desde 1848 las reivindicaciones obreras se relacionaron con las de los demócratas y republicanos.

Pero la decepción de las capas populares ante los logros de la revolución de 1868 provocó la separación definitiva del movimiento obrero de los partidos demócrata y republicano y la rápida implantación en España de la Internacional (Asociación Internacional de Trabajadores).

En octubre de 1868 llegó a España Giuseppe Fanelli para organizar la sección española de la Internacional sobre la base de las tesis anarquistas de Mijail Bakunin. Estableció dos secciones, una en Madrid y otra en Barcelona, donde en 1870 se celebró el I Congreso de la sección española de la Internacional, estableciendo la orientación anarquista de no colaborar ni aliarse con los partidos burgueses.

En 1871, la repercusión internacional de la insurrección de la Comuna de París llevó al gobierno español a prohibir las reuniones y las huelgas, cerrando periódicos y deteniendo a líderes obreros.

Tras la llegada a España de Paul Lafargue (diciembre de1871), representante de la corriente marxista, los nuevos líderes marxistas madrileños fueron expulsados y fundaron la Nueva Federación Madrileña, que se convirtió en la sección española del ala marxista internacional.

En 1873 la Internacional española contaba con más de 25.000 afiliados, un tercio de ellos catalanes; y estaba implantada entre los obreros textiles, la construcción, artes gráficas y parte del campesinado andaluz.

La proclamación de la I República provocó una oleada de manifestaciones y huelgas que forzaron a los patrones a hacer concesiones importantes en jornadas y salarios. Pero fue la participación obrera en la huelga de Alcoy y en el movimiento cantonal, pese a la desaprobación de sus dirigentes, lo que fue utilizado por los sectores conservadores para terminar con la Internacional. El 10 de enero de 1874, tras el golpe de estado, el gobierno de Serrano decretó la disolución de la Internacional. Para entonces, la mayoría de los dirigentes había pasado a la clandestinidad, escindidos ya en dos corrientes: anarquista y socialista.

Los anarquistas se reorganizaron en 1881 fundando la Federación de Trabajadores de la Región Española, con notable implantación en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía. La represión policial y las divisiones internas hicieron que a finales de los 80 una parte se inclinara hacia el activismo sindical y reivindicativo, y una minoría radical optara por la acción directa (huelga violenta o atentado). La última década del siglo y la primera del siglo XX se caracterizaron por una oleada de atentados contra reyes, presidentes y jefes de gobierno. La respuesta contundente de las autoridades alimentaba la dinámica de acción-represión, y sirvió a las clases dominantes para etiquetar de violento a todo el anarquismo.

Después de la represión de 1874 los socialistas se reorganizaron en torno al núcleo de tipógrafos madrileño, en la prensa y el mundo editorial. En 1879 algunos intelectuales y obreros fundaron el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en torno a la figura de Pablo Iglesias y Jaime Vera. El programa redactado por ambos definía tres objetivos: la abolición de clases y la emancipación de los trabajadores, la transformación de la propiedad privada en propiedad colectiva y la conquista del poder político por la clase obrera. Además, el programa incluía una larga lista de reivindicaciones políticas y laborales para mejorar las condiciones de vida de los obreros.

Las zonas en que el socialismo tendrá más influencia serán Madrid, Asturias y Vizcaya. En 1888, cuando ya había agrupaciones socialistas en las principales ciudades del país, se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT), marcando una línea divisoria clara entre el partido, con objetivos políticos, y el sindicato, cuya función reivindicativa e inmediata era la defensa de los trabajadores en la sociedad capitalista.

En 1890 se celebró por vez primera el 1º de mayo, siguiendo la consigna de la II Internacional, dando lugar a numerosas manifestaciones, y en las elecciones municipales de 1891 el PSOE obtuvo por primera vez cuatro concejales en las grandes ciudades.

La guerra de Cuba afianzó su posición. Los socialistas se opusieron al servicio militar discriminatorio y denunciaron la guerra como imperialista y antisocial, lo que aumentó su popularidad y su afiliación de forma espectacular.

13. 3 Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la

prensa

Al terminar el siglo XIX, España es un país relativamente uniforme en lo que se refiere a mentalidades, a la escasa formación cultural y a la pasividad que caracterizaba la vida de pueblos y ciudades. La gran mayoría de la población vivía inmersa en formas de vida tradicionales y las diferencias entre campo y ciudad, no eran todavía decisivas.

En el siglo XIX, los índices de alfabetización de la población española estuvieron por debajo de la media de Europa occidental. A mediados del XIX, en torno al 75% de la población era analfabeta y a principios del XX seguía siéndolo el 65%.

Sin embargo, había grandes diferencias: La población más alfabetizada estaba en Madrid y en el norte, excepto en Galicia; el analfabetismo era mucho mayor entre las mujeres y las poblaciones urbanas y las clases medias y altas tuvieron índices de alfabetización muy superiores.

Desde la segunda parte del XIX surgieron iniciativas para introducir nuevos criterios pedagógicos y organizar las bases de una política científica:

- En 1876, algunos catedráticos expulsados de la universidad por no someterse al intervencionismo ministerial, encabezados por Giner de los Ríos, fundaron la Institución Libre de Enseñanza, el principal núcleo de renovación del pensamiento filosófico y científico.

- La Escuela Moderna, fundada en 1899 en Barcelona por Francisco Ferrer Guardia, con una orientación librepensadora y anarquista. La ejecución en 1909 de su fundador dio fin a esta experiencia.

Tras la crisis de 1898, algunos intelectuales advirtieron que la derrota de España se debía a la debilidad educativa. El empuje a la educación se manifestó en diversos ámbitos, como la promoción de escuelas de artes y oficios y universidades populares o la creación del Museo Pedagógico Nacional y en la creación en 1900 del ministerio de Instrucción Pública, convirtiendo a los maestros en funcionarios.

Aunque la educación siguió dominada por la enseñanza tradicional, basada en métodos anticuados y poco críticos, rechazando las aportaciones científicas y sometida a una fuerte vigilancia por parte de la jerarquía católica. La Iglesia siguió dominando la enseñanza primaria, en la que apenas intervenía el Estado.

La modernización científica y la investigación se limitaban a una labor aislada y no reconocida de un puñado de personalidades, carentes de medios materiales y de apoyo por parte de las instituciones.

La prensa, surgida de la mano de la libertad de expresión decretada en las Cortes de Cádiz, conoció un auge creciente durante el XIX -aunque con altibajos, dependiendo de los gobiernos- desde los diarios de opinión a la prensa industrial, con la aparición de revistas ilustradas desde 1868.

La Ley de Prensa de 1883 impulsará su florecimiento, apareciendo ya periódicos como El Heraldo de Madrid, El Imparcial o La Vanguardia. En 1887 se publicaban 309 diarios y 455 periódicos semanales en toda España.

La prensa constituyó la base para la difusión de noticias e ideas y el soporte para la proyección pública de escritores e intelectuales, que publicarán gran parte de su obra en las páginas de periódicos y revistas. En este sentido, fue básica para la formación de la opinión pública.





miércoles, 2 de febrero de 2011

12.6

12. 6 La regencia de María Cristina de Habsburgo y el turno de partidos. La oposición al sistema. Regionalismo y nacionalismo

Cuando en 1885 murió Alfonso XII, los dos partidos firmaron el Pacto del Pardo, que estableció una rotación en el poder que se mantendrá hasta la I Guerra Mundial. Cuando el partido en el poder se veía sometido a fuertes presiones internas, el Rey llamaba a formar gobierno al otro partido y se preparaban nuevas elecciones que eran manipuladas para que el resultado respaldara al nuevo gobierno, pero respetando al partido que pasaba a la oposición.

La representación en el Parlamento se distribuía entre una mayoría para el partido de gobierno, la presencia de todos los jefes de tendencia del partido de oposición y un número de diputados minoritario para el resto de los partidos.

Así el funcionamiento del sistema se basaba en:

1. La actuación de la Corona como árbitro entre los dos partidos. Garantizaba la estabilidad pero impedía la auténtica expresión de la voluntad nacional.

2. El falseamiento electoral, a través del encasillado y del pucherazo. Mediante el primero se distribuían los distritos electorales y los escaños. El pucherazo era un fraude electoral, en caso de que no funcionase el encasillado. Compra de votos, intimidación, nombres de electores fallecidos…eran algunos de los recursos empleados.

La implantación del sufragio universal en 1890 tampoco llegó a implantar la democracia, la manipulación electoral continuó y adquirió mayor protagonismo la figura del cacique, jefe local de uno de los partidos dinásticos que controlaba la administración y hacía uso no legal de las instancias estatales a favor de sus clientes. Actuaba a nivel local, comarcal o provincial. El caciquismo era la relación político-social entre el cacique y sus clientes, en las que se intercambiaban votos por favores.

Mª Cristina siempre respetó las decisiones de los gobiernos, pero el Pacto del Pardo contribuyó a agudizar la corrupción política y a falsear la voluntad popular, cada vez más ajena al régimen parlamentario.

_ Entre 1885 y 1890 gobernó el partido Liberal y Sagasta puso en marcha un programa político bastante aperturista: Se restableció la libertad de cátedra y amplió la libertad de prensa, lo que permitió un gran desarrollo de la prensa escrita en los años finales del siglo. Se restableció también la libertad de asociación, facilitando la expansión del movimiento obrero. En 1888 se promulgó el Código Civil, que consagraba un orden social basado en la primacía de la propiedad y en 1890 una nueva Ley electoral establecía el sufragio universal masculino.

_ Entre 1890 y 1892 gobernaron los conservadores. La medida más importante de este periodo es la Ley de aranceles (1891) que establecía una rígida política proteccionista en un momento de crisis económica en toda Europa.

En 1890 Sagasta abandona el gobierno a causa de la división interna del partido liberal.

_ Los liberales volvieron al gobierno desde finales de 1892. Lo más destacado de su mandato fue el proyecto de reforma de la administración y el gobierno de Cuba, que fue retirado por la oposición cerrada de los intereses indianos. Meses después, en febrero de 1895, estallaba la insurrección que daría lugar a la guerra de Cuba.

El partido conservador gobernó entre 1890-92 y 1895-97 respetando las decisiones de gobierno de los liberales, que gobernarán hasta 1895 y 1897-99. En esta década surgirán nuevos problemas: la situación de la colonias, la cuestión social y el auge de los nacionalismos.

La oposición al sistema

Este sistema político, pues, supuso la marginación de amplios sectores políticos y sociales de la población, aunque hasta 1902 la oposición no plantearía una alternativa seria al régimen.

Carlistas

La derrota con la que finalizó la 3ª guerra carlista no supuso su desaparición como opción política, pero sí su desorganización y división interna, que se consumó en 1888 con la escisión de los integristas, partidarios de no participar en la vida política; frente a ellos, los neocatólicos intentaron adaptarse a la situación participando en el sistema y dando lugar a la Unión Católica, que participaría en algunos gobiernos conservadores.

Republicanos

El republicanismo, tras el fracaso de la I República, tardó en reorganizarse y en constituir una alternativa al sistema. En gran medida esto se debió a la fragmentación del movimiento por razones ideológicas (organización centralista o federal del Estado o estrategia a seguir para alcanzar el poder) y personales (los partidos republicanos eran partidos de notables).

Hasta 1903 no se creará la Unión Republicana, y aunque seguirán surgiendo nuevos movimientos republicanos, no llegarán a convertirse en una alternativa hasta bien entrados los años 20 del siglo XX.

El movimiento obrero

Tras la Restauración el movimiento obrero pasó a la clandestinidad escindido ya en dos corrientes, socialista y anarquista. El anarquismo se reorganizó con la fundación en 1881 de la Federación de Trabajadores de la Región Española. Con una implantación notable en Cataluña, Aragón, Andalucía y Valencia, dividieron sus fuerzas a finales de los ochenta entre los que se inclinaron hacia un activismo sindical y reivindicativo y, una minoría, que optó por la “acción directa” huelga violenta o atentado, que desencadenaría una dinámica de acción-represión.

Tras la represión de 1874 el socialismo madrileño se reorganizó en torno al núcleo de tipógrafos y fundaron en 1879 el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), del que Pablo Iglesias se convertirá en el líder principal. Su programa se basó en la abolición de clases y la emancipación de los trabajadores, la transformación de la propiedad privada en propiedad colectiva y la conquista del poder político por la clase obrera.

En 1888 se fundó en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT). Su creación marcará la línea divisoria entre el partido (PSOE), con objetivos políticos, y el sindicato (UGT), cuya función era la defensa de los trabajadores en la sociedad capitalista.

El movimiento socialista se implantará fundamentalmente en Madrid, Vizcaya y Asturias.

Nacionalismo y regionalismo

Hasta la Restauración, la reivindicación foralista o nacionalista se había canalizado a través del republicanismo federal y del carlismo. Debilitadas ambas corrientes, surgen en este periodo movimientos que reivindican la cultura y los derechos históricos catalanes, vascos, valencianos, gallegos y andaluces. Este movimiento fue más fuerte y surgió antes en Cataluña y el País Vasco.

En Cataluña el nacionalismo surgió en torno a intelectuales como Valentí Almirall o Prat de la Riba. En 1892 crearon la Unió Catalanista, cuyo programa fundacional –Las Bases de Manresa- constituyó la base del nacionalismo catalán. Movimiento esencialmente burgués, planteaba una propuesta de sistema federal en el que las regiones obtuvieran un régimen de autogobierno con instituciones propias. El movimiento se extendió durante los años 90 y adquirió gran importancia en las instituciones catalanas.

En 1901 se creó la Lliga Regionalista, con Prat de la Riba y Cambó. Este partido representaba la opción conservadora y moderna de las clases medias catalanas que sólo condenaban el centralismo.

En 1895 Sabino arana fundó el Partido Nacionalista Vasco (PNV) en torno a un grupo de reivindicación foral vizcaíno, con unos planteamientos en principio muy radicales (secesión de España y defensa de la integridad étnica y cultural vasca) que fue moderando poco a poco para ganar adeptos en Vizcaya. Pronto arraigó en pequeños propietarios rurales y en clases medias urbanas, que veían con temor el crecimiento de la industria, la sociedad capitalista y el movimiento obrero vasco.

Más débiles, los nacionalismos gallego, valenciano y andaluz adquirirán carácter político ya a comienzos del siglo XX.

martes, 1 de febrero de 2011

Tema 12.7

12. 7 Guerra colonial y crisis de 1898

A finales del siglo XIX el régimen de la Restauración se vio sacudido por una fuerte crisis, provocada por la guerra colonial y la pérdida de los últimos restos del imperio ultramarino.

Cuba y Puerto Rico basaban su economía en el cultivo de la caña de azúcar y el tabaco con mano de obra esclava. Los acuerdos de la Paz de Zanjón de 1878, que puso fin a la “guerra larga” (1868-1878), fueron aplazados por el gobierno: La esclavitud no fue abolida hasta 1886, pero el gobierno no controló después las condiciones de trabajo en las plantaciones, y el proyecto de gobierno autónomo para Cuba fue rechazado en las Cortes en 1893.

Desde 1878 los independentistas cubanos, bajo el liderazgo de José Martí, lograron el apoyo cada vez mayor de ciertos sectores cubanos y de EE.UU., que tenía fuertes intereses económicos en la isla y la consideraba un lugar estratégico para el control del Caribe y del istmo de Panamá.

El 24 de febrero de 1895, durante las celebraciones del carnaval, estalló nuevamente la guerra en un ambiente popular y con el apoyo de la población negra y mulata.

En un primer momento (hasta enero de 1896), Martínez Campos realizó una política de conciliación que fracasó, a la vez que los independentistas avanzaban hacia el OE de la isla.

En 1896 se abrió un nuevo frente para España, la insurrección de Filipinas, donde la presencia de población española era escasa y muy poco el dinero invertido. El dominio español se basaba en un pequeño contingente militar y, sobre todo, en el poder de las órdenes religiosas.

En 1896 Cánovas nombró a al general Polavieja en Filipinas y a Weyler en Cuba.

Polavieja reprimió duramente a los insurrectos y fusiló al líder histórico del movimiento, José Rizal. En 1897, controlada la situación, Polavieja llegó a un acuerdo con Emilio Aguinaldo, nuevo líder del movimiento, y parecía que la situación estaba en camino de resolución.

Valeriano Weyler, en Cuba, combatió la insurrección con la táctica de guerra total: concentró a la población civil para evitar que ayudase a los sublevados, destruyó los edificios que pudieran servirles de refugio, prohibió la zafra... Pese a alcanzar algunos éxitos, la guerra se estancó y entre 1896 y diciembre de 1897 se mantuvo una guerra de desgaste.

Cuando Cánovas murió en 1897, el nuevo gobierno liberal de Sagasta sustituyó a Weyler y entregó el mando de la guerra al General Blanco (diciembre1897- abril 1898), a la vez que ponía en marcha un gobierno autónomo en Cuba. En enero de 1898 tomó posesión el nuevo gobierno cubano, pero la explosión del acorazado estadounidense Maine anclado en el puerto de La Habana, un mes después, aceleró la intervención de EE.UU., que mientras tanto había llevado a cabo una furibunda campaña periodística entre la opinión pública para intervenir en la guerra cubana.

En marzo, EE.UU. propone a España la compra de Cuba. Ante la negativa española, en abril da un ultimátum a España, a la que declarará la guerra el 21 de abril con un ataque conjunto a Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Las derrotas en Cavite en Filipinas (mayo 1898) y Santiago de Cuba (julio 1898) llevaron al gobierno español a negociar, mientras EE.UU. desembarcaba en Puerto Rico, y Manila capitulaba.

En el Tratado de paz de París de 10 de diciembre de 1898 España renunció a la soberanía sobre Cuba, Filipinas (a cambio de 20 millones de $), Puerto Rico y la isla de Guam (en Las Marianas).

Un año después, en el Tratado Hispanoalemán, España cedió a Alemania los archipiélagos de las Marianas (salvo Guam), Carolinas y Palaos por 25 millones de $.

Repercusiones del desastre del 98

Aunque el fin de la guerra supuso la repatriación de un importante contingente de capital y la realización de reformas en la Hacienda Pública, la pérdida del Imperio de ultramar fue considerada un desastre militar y diplomático, que supuso:

_ El desprestigio de los partidos dinásticos y del ejército.

_ La derrota no provocó ningún cambio político inmediato, pero sí produjo una crisis en la conciencia nacional que formaría una corriente de opinión muy amplia a favor de la regeneración de España, analizando los defectos de la organización social, económica y política del país para corregirlos. Obras como “España sin pulso” de Francisco Silvela (político conservador), u “Oligarquía y caciquismo” de Joaquín Costa son claros exponentes de esos afanes reformistas.

En marzo de 1899 se formó un gobierno presidido por Silvela con el general Polavieja en el ministerio de Guerra, que pretendía la regeneración del país sin modificar el sistema político, ni el papel de la corona, los partidos o el ejército. Se intentó realizar reformas sin éxito en Hacienda, en el ejército y en la organización territorial. El fracaso del gobierno regeneracionista en diciembre de 1900 mostró la incapacidad del sistema para evolucionar.

_ La corriente regeneracionista alentó dos procesos contrarios. Por un lado, el refuerzo de la identidad nacional española; por otro, la aparición de proyectos nacionalistas alternativos concebidos como una crítica a la ineficacia del sistema de la Restauración.

_ La tradicional presencia en ultramar se intentó sustituir con una mayor atención al norte de África. El africanismo sustituyó al colonialismo ultramarino y modificó la anterior política internacional de aislamiento por una mayor apertura al exterior y la implicación de España en la escena internacional.

_ Finalmente, la coyuntura favoreció el proteccionismo económico, que fue una de las consecuencias más duraderas de la crisis.

Tema 12.5

12. 5 Reinado de Alfonso XII: El sistema canovista y la Constitución de 1876

La Restauración, cuyo principal artífice fue Antonio Cánovas del Castillo, fue la vuelta al trono de la dinastía borbónica con Alfonso XII - hijo de la destronada Isabel II – y el establecimiento de un régimen de carácter liberal-conservador y no democrático.

El 1 de Diciembre de 1874 Alfonso publicó el Manifiesto de Sandhurst, redactado por Cánovas. El documento defendía el principio monárquico en virtud de la legitimidad histórica, el establecimiento de una monarquía constitucional, la unidad de la patria y el orden católico y liberal.

Tras el pronunciamiento de Martínez Campos el 24 del mismo mes y año, Cánovas inicia la puesta en marcha del nuevo régimen a través de un Ministerio-Regencia, cuyos objetivos fueron preparar la vuelta de Alfonso XII (en 1875), revisar y limitar la política del sexenio (nombró nuevos gobernadores y alcaldes monárquicos y decretó una serie de medidas represivas selectivas contra la oposición, cuyas actividades fueron prohibidas, restableció el Concordato y garantizó a la Iglesia las aportaciones económicas del Estado) y redactar la constitución de 1876.

Constitución de 1876

Elaborado por Cortes elegidas por sufragio universal masculino y vigente hasta 1923, es un texto flexible que permitía gobernar de forma flexible a los partidos que aceptaran el sistema. Sus rasgos esenciales son:

Soberanía compartida Rey-Cortes

Tipo de gobierno: Monarquía limitada hereditaria. El Rey amplió sus poderes: participaba de la función legislativa; podía convocar, suspender y cerrar Cortes y vetar una ley por una legislatura; nombraba a los ministros y tenía el mando supremo del Ejército.

Se proclama explícitamente la división de poderes: El ejecutivo en el Rey a través de los ministros, que responden ante las Cámaras; el legislativo en las Cortes, bicamerales, compuestas por un Congreso elegido y un Senado formado a partes iguales por miembros elegidos y senadores vitalicios. Independencia del poder judicial.

Derechos: Amplia declaración que recoge todas las conquistas del Sexenio, pero remite su concreción a leyes ordinarias y éstas, en su mayoría, tendieron a restringirlos, sobre todo el derecho de imprenta, reunión, expresión y asociación. Se establece el derecho al sufragio, pero no se fija el sistema de votación, por lo que será el partido gobernante el que decida, a través de ley electoral, si el sufragio es censitario o universal.

Religión: La religión del Estado era la católica, que garantiza el sostenimiento del culto y clero, pero se permitían otros cultos en el ámbito privado.

Estado centralizado: Establece la unidad de códigos y el nombramiento de alcaldes y diputaciones provinciales por el gobierno. Y suprime los fueros vascos y navarros.

Características del sistema político

El sistema político ideado por Cánovas se guió por el sistema inglés de alternancia pacífica en el poder de los partidos dinásticos: conservador y liberal, para evitar el exclusivismo político de la etapa isabelina y el recurso al pronunciamiento como forma de acceder al poder.

Los dos partidos eran partidos de notables, que establecían los vínculos entre sus miembros a través de lealtades personales. Esto permitió la permeabilidad de un partido a otro, e hizo que la unidad interna de cada partido fuera muy precaria.

Antonio Cánovas del Castillo fue hasta su muerte el líder del partido conservador, que surgió del grupo de alfonsinos creado durante el Sexenio, integrado por antiguos moderados, unionistas, un sector católico y, en menor medida, algunos progresistas. Su ideología era liberal conservadora y su base social se encontraba en los grandes propietarios agrarios y la alta burguesía industrial y financiera. Su programa político se basaba en la defensa del orden social, de la Monarquía y de la propiedad.

Práxedes Mateo Sagasta fue la figura central del partido liberal (liberal-fusionista), que fue surgiendo a partir de la incorporación de políticos con gran protagonismo durante el Sexenio, procedentes de los progresistas, algunos de Unión Liberal y descontentos con el régimen establecido por Cánovas.

El partido liberal era un partido progresista de orden, contrario a todo lo que cuestionara las bases socio-económicas del régimen burgués, que defendía el sufragio universal. La base social del partido liberal era más amplia, pero más indefinida, las clases medias.

- Entre 1875 y 1881 los conservadores detentaron el poder, poniendo fin a la guerra carlista (febrero de 1876) con la derrota del pretendiente carlista y firmando la paz en el Manifiesto de Somorrostro. El mismo año son abolidos los fueros en las provincias vasco-navarras, aunque en 1878 el gobierno establecerá como compensación un concierto económico.

También terminaron con la guerra de Cuba con el Convenio de Zanjón de 1878. Sin embargo, la paz no duró mucho ya que la guerra reafirmó el independentismo cubano y abrió la isla a los intereses estadounidenses, a la vez que los sucesivos gobiernos se mostraron remisos a la hora de aplicar los acuerdos firmados en Zanjón: amnistía para los independentistas, libertad para los esclavos asiáticos y reformas legales.

La Ley Electoral de 1878 estableció el sufragio censitario, que dio el derecho al voto a los propietarios o personas con alto nivel de instrucción o títulos académicos, lo que significaba poco más del 5% de la población.

- En 1881 los liberales llegaron al gobierno. Sagasta tomó medidas para establecer la libertad de expresión: Limitó las denuncias por delito de imprenta, devolvió las cátedras a los profesores represaliados y permitió que las asociaciones obreras y republicanas volvieran a actuar con libertad. Pronto se produjeron disturbios y protestas en el campo andaluz, además de un intento de pronunciamiento republicano en 1883. El gobierno de Sagasta reaccionó con dureza, reprimió las protestas populares y procesó a los golpistas, para los que solicitó penas de muerte y exilio.

La muerte de Alfonso XII en 1885 abrió la incertidumbre sobre el futuro del sistema. Con dos hijas pequeñas, su viuda, Mª Cristina de Habsburgo, embarazada y sin experiencia política, provocaban serias dudas sobre el mantenimiento del régimen. De ahí que los partidos dinásticos firmaran el mismo año el Pacto del Pardo, en el que se comprometían a apoyar la regencia, a facilitar el relevo en el gobierno cuando éste perdiera prestigio y apoyo en la opinión pública y a no echar abajo la legislación que cada uno de ellos aprobara en el ejercicio del poder.

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Este blog se ha creado para las fotocopias que el instituto no tiene dinero para fotocopiar, ya os informaré de las actualizaciones

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